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Alojamiento, gastronomía y paisajes de ensueño
La Patagonia no es solo paisaje: también es territorio de estancias centenarias que abren sus puertas al viajero. En este artículo recorremos tres estancias de la provincia de Santa Cruz, conocemos a sus dueños y aprendemos sobre la vida rural, la esquila y la producción de lana. Incluimos recomendaciones de alojamiento, platos típicos que probar y rutas de acceso, pensadas tanto para parejas como para grupos familiares.
La primera parada fue la Estancia La Anita, a unos cuarenta kilómetros de El Calafate. Su casco principal conserva la estructura original de principios del siglo XX, con paredes de piedra y techos de chapa que resisten el viento patagónico. Don Roberto, su actual administrador, nos contó cómo la esquila sigue siendo el momento más intenso del año: "En octubre llegan los esquiladores de otras provincias y durante tres semanas el galpón no para. Es un ritmo que no se entiende hasta que lo ves".
La segunda estancia, La Leona, se encuentra sobre la Ruta 40, cerca del río del mismo nombre. Además del alojamiento rural, ofrece caminatas guiadas hasta el cañadón donde se escondió Butch Cassidy a principios del siglo pasado. La dueña, Marta, prepara cordero al asador los domingos y sirve tortas fritas con mate al atardecer. Para familias con chicos, es el lugar ideal: hay caballos mansos, perros ovejeros y un pequeño museo con herramientas de campo.
La tercera escala fue la Estancia Cristina, accesible solo por barco desde Puerto Bandera, en el brazo norte del Lago Argentino. Aquí el paisaje domina la conversación: el glaciar Upsala se ve desde el mirador al que se llega después de una caminata de dos horas. La estancia funciona como base para excursiones y su restaurante sirve trucha del lago con verduras de la huerta propia. Es la opción más cara de las tres, pero la experiencia justifica el desembolso.
Para organizar la visita, conviene tener en cuenta algunas cuestiones prácticas. La mejor época va de octubre a marzo, cuando los días son largos y las temperaturas rondan los 15 grados. El acceso a La Anita y La Leona es por ripio en buen estado, aunque después de lluvias puede complicarse; un auto alto ayuda. La Cristina requiere reservar el barco con varios días de anticipación, sobre todo en temporada alta. En todos los casos, el alojamiento incluye cena y desayuno, y las estancias ofrecen traslado desde los pueblos cercanos.
Lo que más sorprende de estas estancias no es el paisaje, que ya se conoce por las fotos, sino la calidez de quienes las habitan. Cada dueño tiene una historia distinta: unos llegaron por herencia familiar, otros compraron la tierra hace veinte años buscando un cambio de vida. Todos coinciden en algo: la Patagonia rural se defiende sola, pero necesita viajeros que la recorran con tiempo y respeto. Esa es, al final, la mejor recomendación que podemos dejar.